BARRANQUILLA 2132
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| Portada de Barranquilla 2132 |
En 1932 en la cabeza de un escritor bogotano explotó la imagen de Barranquilla con malecones que adornaban la rivera del río Magdalena y las playas cercanas, de una ciudad que se construía armónicamente con el río, es decir, dejaba de darle la espalda. Jose Antonio Lizarazo no sólo imaginó a la ciudad de esta manera, casi profética, sino que la plasmó en una novela que tituló Barranquilla 2132. Una historia de 130 páginas que se pasea por ciencia ficción, policial e incluso la fantasía y que me llegó de la mano de Laguna Libros en una Tercera Edición.
La historia se centra en dos tramas que trágicamente se entremezclan a lo largo de las páginas: por un lado el doctor Rogers es despertado luego de 200 años de sueño criogénico; y por otra parte una serie de explosiones, investigadas por dos periodistas, que tienen en jaque la seguridad de las principales ciudades del mundo. El mundo de Rogers ha desaparecido junto con sus amigos y familiares, sus valores y los vestigios de su cosmovisión se extinguieron por el paso del tiempo y de un cataclismo que sacudió el planeta en el año 2000. Se encuentra ajeno y al tiempo expectante ante el nuevo mundo que anhelaba ver y vivir, y sin embargo la decepción se le va a incrustar en el pecho con el correr de los días.
Es un mundo de avances tecnológicos, tablets, vehículos aéreos, combustibles no contaminantes, no hay guerras ni fronteras, ni distinción entre género a simple vista, avances en derechos de las mujeres, no existe ya el ruido, ni el caos de las ciudades del siglo XX; es una Barranquilla utópica en contraste con la imagen de una Barranquilla distópica. Sin embargo, Juan Francisco Rogers se va dando cuenta con el correr de los días que esa sociedad con un alto nivel de vida material tuvo que sacrificar gran parte del humanismo que caracterizó su época. A medida que avanzan en las investigaciones para descubrir quiénes están detrás de las explosiones, Rogers avanza en su desencanto.
Para Rogers aquella sociedad le parecía simple, utilitarista, ultra egoísta, inmediatista y falta de espíritu y de espontaneidad. Si bien en la mayoría de historias de ciencia ficción el terror se encarna en sistemas totalitarios hipervigilantes y controladores, en esta historia el terror subyace en la cotidianidad y la falta de humanismo de sus personajes y sobre todo en la gran muestra de indiferencia que flota en su atmósfera. Por ejemplo, hay una simplificación de los rituales, una extraña reservación para hablar de comida en público y hasta los nombres han sido sometidos a la simplificación (Jo. Gu., es en realidad Jorge Gutierrez).
El clímax de la historia y de las contradicciones de Rogers aparece cuando se descubre quién está detrás del terror que azota las ciudad y del desenlace de esa segunda trama (hay, extrañamente un guiño a los totalitarismos que emergerán a partir de 1938 de nuestra línea temporal). Rogers encarna una crítica a la edad moderna de la fría razón, incluso se anticipa a entrever lo que serán los avances científicos al servicio de las causas que van contra la humanidad (guerras). Pero también Rogers caracteriza el concepto de lo será más adelante el Absurdo camusiano que Lizarazo plasmó en esa actitud de extrañeza, del actor que no logra acoplarse con su escenografía, del no pertenecer, en el que el individuo es minusculo y no tiene la importancia que cree merecer. Y eso lo deja ver con unas cuantas líneas finales:
“Avanzó algunos pasos, lentamente, inclinado hacia el suelo de cemento, cayó al mar.
Las olas verdes e inquietantes se cerraron sobre la segunda existencia de Juan Francisco Rogers. La magnífica serenidad del crepúsculo persevero, incólume, sobre el acontecimiento”.
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| José Antonio Osorio Lizarazo |



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